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miércoles, 3 de enero de 2007

El Watergate español

El caso Watergate simboliza el punto de máximo esplendor del periodismo de investigación, por ello es lógico que se escoja como ejemplo en las clases de Periodismo.

En España siempre miramos al vecino para ver lo bien que se hacen las cosas. Mientras, aquí tenemos casos mucho más interesantes, por los que pasamos de puntillas o quedan relegados al olvido en el temario periodístico.

GAL. Un caso lleno de intrigas, escuchas ilegales, fondos reservados e intentos de asesinato a periodistas, en el que se ven implicados grupos paramilitares, terroristas y el gobierno español durante los años 80’.

El director de Diario16 fue despedido, así como sus colaboradores, por llevar a cabo investigaciones sobre el caso. Sin embargo, los periodistas consiguieron crear en un tiempo record otro periódico, El Mundo del siglo XXI, que finalmente destapó el escándalo al público.

De momento, ya han llevado el asunto al cine (El Lobo, 2004, centrada en los antecedentes históricos y políticos, y GAL, 2006, que cuenta la investigación periodística). El cine siempre ayuda a popularizar las historias.

Sin embargo, las dos películas españolas no parecen haber pegado tan fuerte como la americana sobre el caso Watergate (All the President’s Men,1976). Esto me hace preguntarme qué hubiese sido del Watergate sin el proyecto de Robert Redford o si se hubiese dado otro enfoque a la historia, que no convirtiera a los periodistas en estrellas.

¿No os parece que ya es hora de que aprendamos a vendernos mejor?

martes, 2 de enero de 2007

Nosotros aguantamos

“¡Todos a una, como en Fuenteovejuna!” Podría haber sido perfectamente el lema del Washington Post durante el caso Watergate.

Como si del pueblo Cordobés retratado por Lope de Vega se tratase, la redacción del rotativo, encabezada por Bob Woodward y Carl Bernstein, se enfrenta al Comendador Nixon (en realidad presidente de los Estados Unidos) para hacer justicia.

Les impulsa los viejos ideales de la profesión y el propósito principal del periodismo: proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos.

Si bien es cierto que la organización de la redacción del Washington Post respeta una jerarquía piramidal (Woodward, Bernstein y otros redactores en la base, un jefe de sección, un redactor jefe, un editor, un director adjunto y una dueña del periódico), también lo es que los periodistas tienen una cierta libertad a la hora de manejar sus noticias y se mantiene un tono dialogante.

Dicen los protagonistas de la historia que la película All the President’s Men ( Alan J. Pakula, 1976) refleja perfectamente el ambiente que se respiraba en el Post durante el tiempo que duró el escándalo Watergate. Confianza, diálogo y recursos humanos son las palabras que yo destacaría para describir el contexto que acompaño el trabajo de Woodward y Bernstein.

Recursos humanos, porque al principio son varios los periodistas que trabajan en una sola información. Más tarde, cuando las expectativas de encontrar una verdadera noticia descienden, sólo Woodward y Bernstein siguen con la investigación. Su dedicación es fundamental en los resultados.

La redacción contó con el imprescindible apoyo de la dirección, durante los dos años que transcurrieron desde la primera noticia hasta que Nixon se vio obligado a dimitir. Continuaron investigando bajo presión, incluso amenaza de muerte. Eso fue posible gracias a una confianza mutua. “Hay que apoyar a los chicos”, dice el jefe de sección, durante un comité de redacción en el que se valoraban los riesgos de continuar con la historia.

Ayer y hoy
El Washington Post llegó a ser acusado públicamente de emprender una campaña “revanchista” contra los republicanos. Las críticas les llovían incluso desde otros medios de comunicación. Durante algún tiempo, tuvieron que oír comentarios del tipo “Ustedes, amigos, nunca hubieran ido tras Kennedy si él hubiera estado involucrado en el caso Watergate”, cuenta en su biografía el entonces editor del periódico, Ben Bradlee. Pero siguieron adelante, porque confiaban en lo que hacían.

Casi al final de la película, el personaje de Bradlee dice unas frases, quizá buscadas para la dramatización, pero que describen muy bien el carácter de la profesión periodística “Nos fríen por todas partes, pero nosotros aguantamos y respondemos, porque está en juego la libertad de prensa y quizá el futuro del país”.

En la actualidad, parece imposible vivir una situación similar. Hoy la empresa periodística es empresa más que nunca. Con los mínimos recursos humanos y una media de tres noticias al día por periodista, con limitaciones al diálogo – el que tus anunciantes te permitan – y empresas que sólo atienden a la cuenta de resultados.

Podemos decir que los tiempos en que tu jefe era un periodista pasaron a mejor vida. Nos quedan películas como All the President’s Men, que nos harán soñar con una redacción como la que un día tuvo el Washington Post.

lunes, 1 de enero de 2007

Cadena de fuentes

La observación y la información facilitada por las fuentes son las claves del periodismo de investigación. Ninguna fuente carece de importancia, todas aportan información, incluso las que callan.

Bob Woodward y Carl Bernstein son dos periodistas del Washington Post que, tras una ardua labor de investigación y el seguimiento de una larga cadena de fuentes, destapan el escándalo Watergate. Algo que comenzó siendo una pequeña noticia sobre un asalto a la sede nacional del Partido Demócrata acabó con la dimisión del presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon.

Woodward y Bernstein hacen uso de todas las fuentes que tienen a su alcance para conseguir pistas, contrastar datos y confirmar informaciones, con la intención de respaldar sus teorías y poder publicar sus artículos. Esto se llama periodismo de investigación.

Policías locales, agentes federales, la Casa Blanca, otros periodistas, documentos, varias secretarías, amistades de diversa índole, e incluso un confidente anónimo. Son las fuentes que sirven a los dos reporteros para respaldar sus informaciones. Sin contactos un periodista no es nada.

En el caso Watergate, el silencio y la actitud misteriosa y desesperada de algunas fuentes confirman la sospecha de que se oculta algo grave. También hay otras fuentes de crucial importancia que, aún sin acceder a hacer pública su identidad, aportan datos tan contundentes que son capaces de dar empuje a una investigación que parecía estancada. Este fue el caso de Garganta Profunda.

Lo que dicen, lo que callan
Los dos periodistas trabajaron en profundidad con las fuentes que manejaban. Muchas veces tuvieron que contrastar los hechos y cotejar las informaciones, hasta que éstas tuviesen el peso suficiente para respaldar la historia. Su editor, Benjamín Bradlee, les decía “No me interesa lo que imagines. Me interesa lo que sabes”.

No deja de ser sorprendente que, después de seguir un protocolo de confirmación tan estricto, Woodward y Bernstein no se plantearan si existía una motivación oculta en sus fuentes. Con una historia tan atractiva, compleja, competitiva y dinámica como el caso Watergate, no había tiempo ni ganas de reflexionar sobre los motivos de nuestras fuentes. Lo importante era si podíamos contrastar la información y si resultaba cierta, decía el propio Woodward. Este aspecto resulta especialmente crítico en relación a Garganta Profunda, su fuente confidencial.

Treinta y tres años después, Mark Felt, segundo mando del FBI durante el Watergate, se identificaba a sí mismo como la fuente secreta del caso en una entrevista concedida a Vanity Fair. Este hecho era confirmado días más tarde por el Washington Post.

Si esto se hubiese sabido entonces, la fuente habría perdido credibilidad, pues era conocido que existían ciertas tiranteces entre la Casa Blanca de Nixon y el FBI de Hoover. Felt se consideraba digno sucesor de Hoover, a efectos prácticos lo era. Sin embargo, Nixon designó a Patrick Gray, uno de sus fieles colaboradores, como director del FBI.

Puede que Woodward tenga razón y sea secundario el saber si estas circunstancias guardan relación o no con el hecho de que Felt se convirtiera en la fuente secreta del Washington Post. De lo que no hay duda es que la historia hubiese sido diferente si el nombre de Garganta Profunda hubiese salido a la luz durante la investigación.

El compromiso adquirido con las fuentes debe ser tan importante para el periodista como la información que recibe.